28 sept. 2011

La flecha nunca volverá al arco, el humo nunca regresará al cigarro

La mente funciona a impulsos eléctricos. Un encadenado de neuronas, cuyo número se eleva a una cifra potencialmente superior al total de las estrellas de una galaxia, se conecta cual tela de araña en las profundidades del cerebro. El cerebro, timón de nosotros mismos, reacciona ante un acontecimiento, cualquiera que sea la índole de éste. Llámese acontecimiento cualquier eventualidad perceptible. Inmediatamente, en cuestión de micras de segundo, se suceden las conexiones neuronales. La tela de araña cerebral vibra, la mente sale al paso, cual arácnido. El cerebro es a la mente lo que el cuerpo para el alma. 

En mis diálogos con el subconsciente he llegado a plantear cómo sería vaciar el cerebro para matar a la mente. ¿Debería cortar la corriente eléctrica neuronal? Supondría la muerte, me recuerda siempre mi yo interior. ¿Puedo eliminar el pensamiento de mi cabeza? Esta pregunta te conduce a la anterior cuestión, pues eliminar el pensamiento sólo es viable cortando la corriente eléctrica neuronal, es decir, supondría la muerte, vuelve a golpearme con la realidad mi subconsciente. Pero... ¿Y si detengo el tiempo? Aceptando como axioma que nuestra existencia se debe a una realidad espacio-temporal, la paralización del tiempo supondría la paralización del espacio. Frenar el avance de estas dimensiones eliminaría el acontecimiento y la reacción. Si no hay realidad, no habrá corriente eléctrica; no habrá pensamiento. Vuelas muy alto y en cielos nublados, me interrumpe el subconsciente. De ser factible la detención del espacio-tiempo quedarías atrapado físicamente en él, porque recuerda que existes en el espacio y en el tiempo y la violación de estas leyes universales acabaría con todo lo que conoces. La única posibilidad que tengo es la de regresar al Big Bang, pienso. Pero el tiempo y el espacio no existían antes del Big Bang. Además, recuerda, me explicaba el subconsciente, el universo corre hacia adelante en una sóla dirección desde el momento de la Creación y la carrera es imparable en un movimiento único y general de expansión. El universo explotó el primer segundo de la historia de todas las cosas y sólo cuando la expansión acabe, puede que el universo implosione sobre sí mismo y el tiempo y el espacio vuelvan a sus orígenes. No obstante es un futuro acontecer muy hipotético. Pero iríamos hacia atrás, hacia lo que hemos vivido. Sería algo así como rebobinarlo todo...  La reacción adelantaría a la acción, pensé. Deja de volar. La flecha nunca volverá al arco, el humo nunca regresará al cigarro. 

Mi subconsciente suele ser un ente sensato, más que yo. Aquí acabamos normalmente estas conversaciones en forma de bucle. Una vez callados los dos, me quedo mirando a ninguna parte, procurando no pensar en nada cerebralmente para intentar escapar de mi habitación espacio-temporal.

24 sept. 2011

Equivocarse o morir

Equivocarse o morir. La razón de las primeras impresiones, la primera percepción cuando unos ojos te arrebatan. Porque ella me arrebató. Porque percibí que no estaba confundido. El sentimiento era cierto hasta el extremo de quedarme junto a ella toda la noche, fuera donde fuera. Aunque se irá, lejos, tras esta noche. Marchitará el sentimiento en los kilómetros y las horas que nos separarán.

Por sólo una noche quise permanecer a su lado, cerca de las pecas rosáceas de su nariz, cerca de su noble candidez, cerca de sus ojos verdes... Quise que su cuerpo albergara mi cuerpo.

21 sept. 2011

Llega el otoño


Hace fresco y las ancianas lo perciben. El otoño planea a finales de septiembre en el Mediterráneo pero no llega a instalarse hasta entrado el mes de octubre. Se nota, se nota. Insisten las ancianas sobre cómo ya refresca a media tarde. Varios grupos de amigas hablan, juegan al parchís y toman el aire fuera de las estancias interiores de la residencia. Adentro, varias ancianas ven la televisión en el gran cuarto de estar. Abuela nos recibe y al momento reclama ir al baño. Le agarro para levantarle del asiento. Se va con una enfermera. Una anciana reclama, angustiosa, infantil, terminal, por Juan. Éste se enfada y le grita que después irá, que está ocupado conversando. La anciana calla un minuto y el regreso del reclamo enturbia la estancia. Una enfermera le pregunta qué deseaba y la vieja reconoce que no necesitaba nada, que era una tontería. Se calla definitivamente. Todas siguen viendo su televisión y una de ellas se me acerca para decirme que ella y mi abuela se conocían desde pequeñas y que sus caminos se separaron hace mucho tiempo, para unirles ahora. No terminé de creerle a pesar de la dulzura de su rostro, aunque quise creerle porque la historia podría llegar a ser hermosa. Sólo por eso. Continúan en la estancia viendo la tele. Observo y establezco mentalmente una imagen de analogía entre la figura de una de las ancianas y la de una persona más joven. Son iguales en postura y gesto, determino.Ver la televisión nos hace semejantes, concluyo.

Es la hora de comer. Todas se marchan al comedor recogidas en sillas de ruedas. La estancia se queda vacía. Aparece 'Cirilo', el recogedor de taburetes. Taburete que ve suelto, taburete que coloca patas arriba sobre los sillones. Tras su tarea, se queda plasmado mirando la televisión a un palmo de ésta. Se quedó una hora en la misma postura, de pie. Se movió para coger un plato de comida. Pero volvió. Es un residente repudiado como el loco del lugar. Sus ojos blancos, casi plenos de ceguera, su labor de maniático recogedor de taburetes, justifican la inquina con la que es recibido entre residentes, enfermeras y visitantes. También me dijeron que era sordo, aunque le vi anteriormente en la calle, sentado en un banco agarrando una radio cerca de la oreja. Nadie conoce a nadie, pensé.

Hasta aquí todo lo habitual en lo que corresponde con el diario de los días en la residencia. De repente salta una pelea. El señor Manuel se enfrenta a cuatro enfermeras porque, afirmó, se habían llevado a su mujer a la habitación y no le dejaron darle un beso. Las enfermeras se echan encima y culpan a su mala cabeza por no recordar que ya le dio un beso y fue entonces cuando le condujeron al cuarto, a dormir. El señor Manuel vino a mí y me contó su versión de los hechos. Necesita darle un beso a su mujer antes de separarse de ella. Y aunque se pase todo el día dándole besos, como afirmaban dos residentes presentes en la conversación, él tenía que besar a su esposa antes de acostarse porque llevan juntos desde pequeños y porque es su mujer, su necesidad. Se define como un incomprendido el señor Manuel porque sólo le puede entender aquel que quiera entenderle. Se va. Me confirman que Manuel tiene habitualmente esa pelea. Luchar por un beso es su rutina. Hay que pelear hasta por los besos, me indigné.

Abuela está en la cama tumbada. La luz apagada. Su compañera de habitación parece albina en la penumbra. Son casi las nueve y es muy tarde. Le prometo que volveré más a menudo y ella me dice que así lo esperaba.

16 sept. 2011

En compañía de la soledad del otro ante el espejo

Más allá del rostro,
máscara espesa de la falsedad,
se ahoga la duda
que atrapa mi verdad.

Efímeros pensamientos,
océanos de porqués,
disfrazan las tardes
de mi soledad.

Fríos caldos de angustiosas preguntas,
cucharas de melancolía,
repiten el silbido
que me empuja hacia atrás.

Más allá de mí se acaba el mundo,
en compañía de la soledad del otro ante el espejo,
con las palabras vacías y la vida
mirándome pasar.

4 sept. 2011

Impotencia

A la hora de hablar es cuando compruebo in situ mi aversión hacia el diálogo. Es ser interpelado y tartamudear como un afectado de hipotermia. Las sílabas se me enredan en la lengua y es como un circuito roto. Me latiguean a calambres. Cuando sucede el cortocircuito, el discurso que quería pronunciar se evapora en el limbo. Las caras de los que me atendían se disfrazan de respeto, del respeto que se muestra ante el vagabundo que pide dinero sosteniendo un cartón con faltas de ortografía. Me doy por desentendido y reduzco el volumen de la voz hasta un estrato inaudible. A nadie le importará lo que dije. Así pueden continuar con la conversación en la que, obligado por una alusión directa, me he entrometido. Mi cabeza vuelve entonces a las musarañas. Siento una silenciosa impotencia cerebral. Una invalidez. El otro día pensé que era un tetrapléjico social. Parece que nunca estuviera en el momento indicado y en el lugar adecuado cuando nace una conversación. Hablar... ¿Para qué? No sé de nadie que pudiera interesarle una de mis batallas. Al que le interese una de ellas se dará de bruces cuando me quede sin palabras al principio de la historia y del círculo alusión directa, palabras, cortocircuito y cara de respeto. Una conversación puede llegar a ser muy desagradable. Cuando me preguntan por qué detuve mis palabras siempre digo no sé;  no importa. Y la situación se agrava en la insistencia, la crítica. Soy humillado, aunque sonrío para esconder que tienen razón.

La compañía del silencio es más reconfortante. Puedo controlar dos voces pero nunca una tercera. Mi condición de minusvalía, intratable, tiene otras manifestaciones. Porque puedo observar un dibujo durante horas y sólo sabré decirme que es hermoso o feo. Con una palabra firmo una descripción. Se me escapan los matices. Si el dibujo es hermoso diré que es hermoso. Si es feo, diré que es feo. Quisiera extenderme y elaborar una crítica más sustanciosa, pero sería bucear en el fango de mis limitaciones.

Como tetrapléjico social, prudentemente quiero ser un hombre educado. Yo escucho; o me lo hago. Soy reservado como consecuencia. Hay una frontera para mis sentimientos. No quiero conocer a una mujer porque la vergüenza me sale de los poros. Porque puede que incluso vaya a peor y la frontera desaparezca. El círculo se tiñe de rojo cuando es una mujer. Grabo las palabras que le diría y cuando regreso, hastiado por la invalidez, tomo el teclado en estado literario. Me sobreviene entonces el insomnio porque no encuentro consuelo en escribirle, de madrugada, un poema que ella nunca leerá.

2 sept. 2011

Quince años sin ti

Lloré a raudales como si el futuro se me hubiera dicho. Tanto lloré recogido en tus rodillas, suplicándote que no te fueras, que te quedaras conmigo, con todos nosotros. Vi tu torso desnudo y es el recuerdo último que tengo de ti. Y por dios juro que algo intuí. Porque seguí llorando cuando el coche se alejaba y tú te quedaste en casa. Nunca fui lo suficientemente cabezota como para llegar a convencerte de nada. Desde aquel día nadie me quita de lo que quiero hacer, no vaya a suceder lo que te sucedió. No conseguí que vinieras con el resto de la familia a pasar el día en el 'campo', que es así como se llama de toda la vida a la segunda casa de tita Conchi. 

No fue aquél un domingo diferente. Muchos primos, comida, charlas. Mamá sintió algo extraño en su vientre… Un dolor le sobresaltó mientras hablaba con las titas. Hoy pienso que fuiste tú quien lo provocó, que tu alma recién exhalada se aferraba a ella. Pero, al igual que yo no tuve la fuerza suficiente como para romperte la muñeca y llevarte con nosotros la última vez que nos vimos, los brazos que extendió tu alma sólo agitaron el vientre de mamá. 

Y la noche de mamá, sentada al lado del teléfono esperando tu llamada... Te buscó por todas partes desesperadamente. Fue a la mañana siguiente cuando todo se acabó. La radio informó que un ciclista había fallecido en la carretera y eras tú el caído. Nuestra familia se rompió como tu cráneo. Mamá, hermana y yo vimos nacer lo que hoy somos. Me ocultaron que habías muerto durante dos semanas. Fíjate si ya era estúpido que le pregunté a mamá cuándo te haríamos una fiesta de bienvenida, porque yo pensaba que ibas a volver...

Si te digo que te echo de menos me creerás porque sigo llorando tu ausencia. Si pienso en ti se me cae la vida. Si pienso en lo que me gustaba salir contigo en bicicleta comprendo por qué hoy la necesito. Si soy sincero dudo que me hayas oído alguna de mis oraciones. Porque rezo por ti todas las noches y no soy creyente. Creo que nuestro tiempo pasó y nunca más estaremos juntos. No tengo alma, papi. la mía se desvaneció cuando nos dejaste. Quiero creer que la tuya a veces me visita. Quiero creer que tiene sentido vivir quince años sin ti.