19 abr. 2010

Porque duele la cabeza...

¿Por qué será que la cabeza me golpea? Varios días sufro el pinchazo que aprieta la testa sin motivo aparente. Yo lo achaco a mi vida de criatura de hibernación. Duermo cuando quiero y muchas veces quiero. Se me apagan las luces y duermo. Llevo días queriendo despertar de esta abulia pero sigo durmiendo. Aunque me levante sudado entre sábanas de charco.

Abulia extrema. “No tengo ganas de tener ganas”, decía una bloguera de por aquí. Qué razón compartida entre ambos. Y en éstas como tal que un condenado cerdo llenando de kilos el buche. Culo asentado inmóvil dilatando grasa a metros por segundo.

Vida de tapón. Tal el sonido apostado a mi oreja derecha, obstruyendo el aire.

11 abr. 2010

Tarea antes de dormir

Antes de rendir los párpados a la voluntad del sueño tenía que hacer algo como ésto. Sacrificar unas horas de sueño aunque mañana sea domingo y no piense levantarme temprano. Tenía que rendir culto a la tarea de crear algo, aunque fuese una bola de estiércol como ésta. Y en eso voy y vengo con las teclas.

Ahora se me ocurre teclear primeras palabras que se me ocurren. Bah! Qué más da. Cinco segundos se me quedó la mente blanca. Menudo ejercicio estúpido. Arañar con las uñas las teclas, ladear la cabeza. Suena fuerte la salida del aire del ordenador. ¿Ahora qué? No quiero leer antes de dormir porque mis ojos no sobreviven al dolor de las gafas con las que han vivido desde que se abrieron a la mañana. Al mediodía para ser exactos. Si estas lentes no fueran tan gordas, si esta pseudoceguera no fuera tan brutal, me gustaría quedarme leyendo horas. Drogar la mente con historias es una hazaña de librepensadores, y de locos. Si mis ojos fueran más fuertes yo también sería como mis ojos.

Ella salió a la pizarra. Tocaba exponer una nauseabunda interpretación explicativa sobre no se qué teoría de la comunicación. Tuve que atender su nauseabunda interpretación explicativa porque le respeto y hasta a veces parece que le quiero. Cómo esclarecer luego pues el escalofrío que cruzó el puente entre ambos codos, por entre mis costillas inferiores.

Era mentira. No le quiero. Ella me rechazó. Es una buena excusa para no querer a nadie.

4 abr. 2010

Escribir después de beber

Se convierte en una hercúlea tarea escribir despues de beber. El Hércules post borrachera se enfrenta al gran dilema de contar una historia, tecleando duramente los pasos que la construyen, antes que echarse sobre el blando colchón que llama al descanso y al sueño; justo tras la espalda está.

El Hércules post borrachera es un ser que ya afrontó batallas de tal dureza como el regreso a su morada, media hora caminando, en la lucha nocturna de las piernas contra el suelo y el cansancio contra las piernas. Hércules gana el 75% de los combates al demoledor ansia del alcohol. Una derrota contra el alcohol supone varias horas de vómito y jaqueca. Hércules es muy consciente y por eso pelea con tesón. Hoy soy un Hércules vencedor. Un Hércules victorioso por llegar a casa. Vencí al alcohol castigador, una madrugada más. Pero... perdí una pequeña batalla de esas en las que juegas a veces con la vida. Una batalla repetida tantas veces como las campanas de la Iglesia los domingos. La vida pone piedras iguales que pisas varias veces, dónde tuerces el tobillo las veces necesarias y sigues exponiendo el tobillo cuántas veces la vida quiera poner esas piedras punzantes y torcedoras. Hay ciertas lecciones de la vida que no terminan de cuajar en mí.

Sólo paré dos minutos (menos probablemente) y ya se habían marchado. Les dije que esperasen un momento, simple, no podía dejar de saludar a un amigo de toda mi vida. Menos de dos minutos les bastaron para escapar; para dejarme de lado; para yo buscarles entre las multitudes desconocidas de la calle caótica de los que empiezan a caer o los que ya cayeron en las garras de Baco. Me abandonaron en esa calle y decidí volver solo a casa. No había nada para quedarme allí después de buscarles con la cara palideciendo del miedo a quedarme solo entre semejante caos. Otra vez más. No es la primera vez que me pasa ni será la última.

Volver a casa siempre reconforta. Pensar que los amigos no comparten tu concepto de amistad no reconforta sin embargo. Treinta minutos de camino, a pie, por las calles conocidas de noches como ésta, dan para querer quedarse sin amigos.