12 ene. 2011

Abrazo estéril

Clausurar mis brazos en tu cuerpo;

a ti me debía.

Creer tus abrazos como tener tu cuerpo,

era mentira, era falso, era agonía.


Tus noches, tus suspiros, tus carreras

hacia mí,

pacían estériles, pacían inútiles.


Abrazos vanos, abrazos baldíos.

Tantas ocasiones, tantos instantes…


Redimir de ti mi alma que, con soledad,

de ti se vaciará;

indiferente final;

negarte toda la memoria.


Y no volver a abrazar a nadie.

9 ene. 2011

El único consejo

Por la depresión profunda que me es innata; por la necesidad inherente que fustiga el alrededor que sopeso; por los dolores caústicos de mis sombras interiores, decidí acudir al prestidigitador. Requería del consejo de aquel mago para solventar el veneno de la abrasiva duda que correteaba en mí cual rata en un barco de remeros moribundos. Tanto pesar; tanta impotencia; tanto odio albergaba que fui a buscar su recomendación.

Desplacé las tiras de tela de la puerta y allí estaba, sometido a una luz que levitaba, a oscuras. Sedente. Callé. Genuflexión. Supliqué la pócima reina de todas las pócimas. –¡Silencio! –gritó. Problemas de amor; angustias de amor; amor imposible; amor frustrado; amor inútil; amor equivocado… Sé que llegas aquí para que ponga fin a estos males acuciantes. Ni he de explorar la bola mágica para adivinar cuáles sufrimientos te copan y te vacían. –Señor: ¿cómo lo sabes? –pregunté. –Si tales poderes posees, también entre tales poderes poseerás el que me libere de este monstruo. –No puedo ayudarte. –¿No? ¿Tú que dicen sabes todo y todo manejas?, ¿eres en realidad un engaño? –No te engaño; no te puedo aliviar ese mal. No hay médico; no hay mago; no hay otro visionario al que acogerte hombre, tú que padeces. Nadie; nada hay.

Recuperé los pasos y salí… Hay un único remedio que no es pócima ni hechizo –dijo. Esperé. –¡Cuál! –Seguir tu vida. Guardarlo todo. Esconder todo y que nadie especule sobre qué te sucede. Que nadie te conozca: no reveles tu ser al mundo; no sientas. Ignora todo. Haz el amor con todas las mujeres que insinúen y no ames a ninguna. Jamás ames a ninguna. El amor no te hace ningún bien. Y tú lo sabes.

7 ene. 2011

Ser pájaro

Pájaro, tú que vuelas contra el aire;

contra la tierra.


Pájaro, tú que puedes,

llévale el mensaje:


Dile que quiero estar con ella;

dile que quiero volar;

dile que quiero ser pájaro.

5 ene. 2011

El canto subconsciente

¿Cuál es el origen del dolor?, ¿qué vínculo le anuda a la derrota?, ¿qué es la victoria? Entre la desesperación de los días tristes y sombríos, la mente cabalga en los filos que delimitan la conciencia y la locura. Graves obviedades ambas dentro de la mente de los hombres. ¿Quién hace que el caballo galope en una u otra percepción?, ¿qué le orienta?, ¿qué le mutila sus corredoras patas? Dicen que los hombres fuertes son aquellos que se levantan tras cada caída; aquellos que cicatrizan las llagas con el poder de la voluntad y la resignación ante la naturaleza de los acontecimientos de cada una de las vidas cruzadas. ¿Acaso son débiles aquellos que, acuchillados por los atroces sables de la existencia y por las cortantes rocas del acantilado del infortunio, decaen y palidecen porque la enajenación coartó los rastros de toda razón? Y no encontramos el culpable de los itinerarios, a la vez paralelos y lejanos, de la cordura y el abatimiento; de la resistencia razonable y la paranoia tormentosa.

Meditaba constantemente. En mi pequeña alcoba me retraía conmigo mismo contra la puerta cerrada. Con brío, quebraba los cerrojos que guardaban los pilares de mi subconsciente. En éste me introducía como el lobo en una madriguera de conejos que, reaccionando ante la fiera, muerden y combaten hasta que la sangre deja de suministrarles el aliento. Amaneceres y ocasos vi discurrir durante mis obsesivas reflexiones interiores. Era uno de aquellos que olvidaban la comida, el aseo, la brisa de la ciudad, cuando me encerraba entre las cuatro paredes grises. Tras todas mis inclusiones subconscientes, anotaba los procesos que me habían llevado a ese estado de parálisis corpórea y frenesí mental. Después de uno de esos viajes, tomé la recia decisión de recopilar todos mis escritos en un único documento; un libro que recogería las crónicas de las expediciones hacia los bordes de mi alma. Oscuridad y luz se sucedieron hasta que por fin piqué con la pluma, sobre el papel, el punto último de todos.

El día de la presentación de la obra de mi pensamiento ulterior, los cirros brillaban como el sol. Al comienzo del día, con los dedos rosados de la aurora negando, soberbios, el nacimiento del celeste, caí en la cuenta de que no dormí. Había permanecido en pie contemplando la noche, con soberana paciencia en la ventana. Acicalé cuanto pude mi presencia y busqué el buen estilo que me otorgara el don de la credibilidad. Afiné la voz para llegar a más oídos; me obligué a expresar con elocuencia. Se abrió la puerta. El salón tenía el aforo completo. Señores y señoras de las grandes familias se habían reunido en el lujoso hotel. El más caro de la ciudad. Los reporteros se colocaban los lápices en la chaqueta y preparaban sus libretas para extraer la noticia. El editor se sentó a mi lado, en la mesa cubierta por un mantón de seda roja. Una botella de agua de cristal y dos copas sobre ésta. Callé al editor cuando éste se prestaba a iniciar el discurso. Hablé sólo yo. Torció el gesto aturdido. –Buenas tardes venerables damas y caballeros. Es un honor para mí contemplar desde esta posición privilegiada, vuestras privilegiadas presencias. No soy muy dado a palabras; quiero decir; prefiero hablar conmigo mismo, pues no requiero de mi voz exterior sino de la única que necesito: mi conciencia, con la que me comunico, con la que mantengo incesante interlocución desde que los principios de la inteligencia brotaron en mí. Una curiosidad inusitada se difundió entre todos los asistentes, boquiabiertos y atentos. –Este no es un libro de nadie. Este libro no dice nada acerca de ninguno de los que estáis aquí. Tampoco habla de nadie de fuera. Realmente no habla de ningún ser humano. Este libro es el libro de todos y de ninguno. Este libro no dice nada de mí. Yo, simplemente, soy un escriba que, asustado por el que dicta, resopla cuando termina el párrafo. La obra que sostengo entre mis manos es una obra inconsciente. Es el relato de miles de pernoctaciones en las brumas de mi subconsciente, y porque el subconsciente es mano que nos une y montaña que nos distancia, esta es la crónica de nuestra común posesión espectral. Créanme… He recorrido territorios insondables; he caminado sobre pantanos; he jugado al ajedrez con monstruos de mil tentáculos y me he tirado desde precipicios de dudas. Y… ¿sabéis a quién me he encontrado?, ¿queréis saber quién se escondía detrás de cada árbol?, ¿en verdad queréis conocer quién había al otro lado? Perplejos, anonadados, todos me observaban. –Me encontré a mí mismo. Yo estaba detrás de cada árbol. Yo estaba al otro lado. Sólo yo. De súbito, las risas y los ecos de las risas tocaban todas las estancias de la sala. Con el índice me señalaron y rieron. Me tiraban papeles, me lanzaban otros objetos. Recogían sus sombreros y abrigos. Grité y peleé en el pasillo entre los las dos columnas de asientos. –¡¿Qué os ocurre?!, ¡¿qué tanta gracia os induce?! ¡Oh!, ¡cuánto miedo os rebosa en las sienes! Perdí el juicio. Descargué todo lo que cogía contra todo y todos. –¡Insensatos!, ¡mezquinos!... ¡¡¡Vivís en la mentira pues no conocéis nada de vosotros mismos!!! Las cortinas de la tiniebla me trasladaron a otro lugar…

Dos hombres me apresaban. Pataleé nervioso exigiéndoles que me liberaran, mas no pude. A mi alrededor varias personas se llevaban las manos a la cabeza. –¿Dónde estoy? ¡¿Qué es esto?! Estaba en una pequeña librería. –¿Dónde está mi libro? ¡Devuélvanmelo! Un sencillo pupitre se situaba en el centro la estancia. Había destrozado los cristales del escaparate y derrumbado estanterías. Mis gafas se habían partido. Puede ver mis ropajes; todos estaban desgajados. En el pupitre estaba mi cuaderno. Lo reconocí. Conseguí soltarme de ambos hombres y llegué al cuaderno, aplacado. –Mi subconsciente. Mi obra. Yo. Entreabrí la tapa. Pasé las páginas, ansioso. En todas las hojas estaba escrito, con tinta negra, ocupando la completa extensión de cada página, en diferentes y tenebrosas posiciones y grafías, aquel nombre que siempre oía, como canto fantasmal, en todas mis incursiones en la bóveda del espíritu: Berenice.

2 ene. 2011

La barba y los cadáveres de ojos

El desorden se amontonaba en cada esquina de la habitación. En los armarios permanecía una percha de la cual colgaba una chaqueta negra. El resto de la ropa se desparramaba en el fondo del mueble. Su pelo se expandía anárquico por toda la faz, revuelto, largo; anudándose en la boca; ensuciando la almohada. Despertó con una dura carraspera. Inhalaba motas de aire por su nariz atorada de mucosidad seca. Escupió una flema rojiza; una cuerda de líquida espesura que fue a parar en el colchón desnudo. Él se había quedado dormido justo en el momento en el que cayó compungido sobre el austero jergón. Expurgó el esputo entre sus dedos y lanzó lo que quedó prendado de sus manos sudorosas sobre la pared. Estaba helado de frío; era un témpano al que el calor de la fiebre había devuelto a la realidad del cuarto blanco, el armario destrozado, la silla vacía, la necrópolis de libros y el espejo rallado en el vértice izquierdo.

Incorporó el torso y, como si auscultara la cama, buscó el lugar donde había dejado la botella de ron. Estaba debajo. Hubo de reptar para cogerla. Bebió un trago, dichoso. –Agua fresca. Se levantó. Volvió a caer. Sus rodillas cedieron a un tambaleo descoordinado. Pasó un rato sentado en la cama, fijo la mirada en el armario. Como el custodio desconfiado de un maletín de diamantes, inspeccionó, sin mover un músculo, todo lo que había a su alrededor. Cuando el riego de la cabeza se dispersó mejor, alcanzó a reflejarse en el espejo. Quitó todas las enredaderas de su cara. Escupió otra vez. Entró en el servicio. Mientras orinaba permaneció enfrentado a sí mismo contra el espejo del baño, surtiendo las losas del veneno que expulsaba por el pene rugoso como un gusano.

Frigorífico vacío. Había alguna lata de cerveza abollada. La mugre crecía en cada rincón. Pisara donde pisara la porquería era ley en los seis metros cuadrados de cocina. Encendió el televisor. Encendió un cigarro. Tres mujeres presentaban el final de año. –Me follaré, una a una, a esas zorras –pensaba en voz alta. Con rabia, entre dientes, teatralizaba todo cuánto les haría: –A ti –posó su dedo en la cintura de la mujer de la izquierda– te comeré el coño y te morderé los pezones hasta que sean dos cerezas. Se agarró fuertemente los genitales y prosiguió: –A vosotras dos os reventaré el culo hasta que sangréis ¡putas! Atronaban sus risas en todas las paredes. Sorbo de ron. Como no tenía uvas para celebrar el nuevo año, bebió doce buches de aquel ron. –Vámonos –cogió la chaqueta y rompió la botella contra el espejo de la habitación.

Entró en la primera discoteca que le permitieron. El poco aforo que bailaba en aquella obligaba a los porteros a ser más condescendientes y educados que otras noches de bullicio. Pidió un ron cargado. Comprobó, entre el gentío, si había un lugar desde el que vislumbrar piernas, pechos y siluetas. Se situó por fin. Bebió pausados buches, pequeños como granos de arroz para conservar la copa mayor rato. No lo atisbó en un principio, pero en la columna que se erguía a escasa distancia de él, pendía un espejo; en los cuatro planos. La copa sostenía un retazo de ron. Ladeó la cabeza. Era él; no había nadie más que estuviera ladeando la cabeza frente al espejo. Paró. Estudió la figura que llegaba desde el cinturón hasta arriba. Pantalón vaquero desgastado, correa negra raída, camiseta blanca pringada, chaqueta negra con ron. La barba cubría casi todo su rostro. Tenía el pelo recogido en una coleta. De sus ojos descendían ocres ojeras. Sus ojos no eran ojos, eran cadáveres. –¿Quién soy? –palpó sus facciones. El vello se hundía entre las uñas. Resbaló, por el muro, hasta llegar al suelo. Algunos se alarmaron al verle encerrado entre sus brazos, implosionado. No escuchaba a nadie; ni a la música estallando. –¿Necesitas a… no terminó un muchacho de preguntarle cuando corrió a empujones a la salida.

Corrió tanto como pudo por la calle; tanto como sus piernas y el ron que corría por sus venas le dejaban. Cientos de personas vestidas con sus mejores galas para la fiesta siguieron sin inmutarse la carrera de vuelta a casa de aquel proscrito del siglo XXI.