21 sept. 2011

Llega el otoño


Hace fresco y las ancianas lo perciben. El otoño planea a finales de septiembre en el Mediterráneo pero no llega a instalarse hasta entrado el mes de octubre. Se nota, se nota. Insisten las ancianas sobre cómo ya refresca a media tarde. Varios grupos de amigas hablan, juegan al parchís y toman el aire fuera de las estancias interiores de la residencia. Adentro, varias ancianas ven la televisión en el gran cuarto de estar. Abuela nos recibe y al momento reclama ir al baño. Le agarro para levantarle del asiento. Se va con una enfermera. Una anciana reclama, angustiosa, infantil, terminal, por Juan. Éste se enfada y le grita que después irá, que está ocupado conversando. La anciana calla un minuto y el regreso del reclamo enturbia la estancia. Una enfermera le pregunta qué deseaba y la vieja reconoce que no necesitaba nada, que era una tontería. Se calla definitivamente. Todas siguen viendo su televisión y una de ellas se me acerca para decirme que ella y mi abuela se conocían desde pequeñas y que sus caminos se separaron hace mucho tiempo, para unirles ahora. No terminé de creerle a pesar de la dulzura de su rostro, aunque quise creerle porque la historia podría llegar a ser hermosa. Sólo por eso. Continúan en la estancia viendo la tele. Observo y establezco mentalmente una imagen de analogía entre la figura de una de las ancianas y la de una persona más joven. Son iguales en postura y gesto, determino.Ver la televisión nos hace semejantes, concluyo.

Es la hora de comer. Todas se marchan al comedor recogidas en sillas de ruedas. La estancia se queda vacía. Aparece 'Cirilo', el recogedor de taburetes. Taburete que ve suelto, taburete que coloca patas arriba sobre los sillones. Tras su tarea, se queda plasmado mirando la televisión a un palmo de ésta. Se quedó una hora en la misma postura, de pie. Se movió para coger un plato de comida. Pero volvió. Es un residente repudiado como el loco del lugar. Sus ojos blancos, casi plenos de ceguera, su labor de maniático recogedor de taburetes, justifican la inquina con la que es recibido entre residentes, enfermeras y visitantes. También me dijeron que era sordo, aunque le vi anteriormente en la calle, sentado en un banco agarrando una radio cerca de la oreja. Nadie conoce a nadie, pensé.

Hasta aquí todo lo habitual en lo que corresponde con el diario de los días en la residencia. De repente salta una pelea. El señor Manuel se enfrenta a cuatro enfermeras porque, afirmó, se habían llevado a su mujer a la habitación y no le dejaron darle un beso. Las enfermeras se echan encima y culpan a su mala cabeza por no recordar que ya le dio un beso y fue entonces cuando le condujeron al cuarto, a dormir. El señor Manuel vino a mí y me contó su versión de los hechos. Necesita darle un beso a su mujer antes de separarse de ella. Y aunque se pase todo el día dándole besos, como afirmaban dos residentes presentes en la conversación, él tenía que besar a su esposa antes de acostarse porque llevan juntos desde pequeños y porque es su mujer, su necesidad. Se define como un incomprendido el señor Manuel porque sólo le puede entender aquel que quiera entenderle. Se va. Me confirman que Manuel tiene habitualmente esa pelea. Luchar por un beso es su rutina. Hay que pelear hasta por los besos, me indigné.

Abuela está en la cama tumbada. La luz apagada. Su compañera de habitación parece albina en la penumbra. Son casi las nueve y es muy tarde. Le prometo que volveré más a menudo y ella me dice que así lo esperaba.

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