23 mar. 2011

Eres

Eres el espectro y la sombra traslúcida

que mi mente ocupa.


Eres la silueta de las curvas

que mis ojos ciega.


Eres el estrecho trasiego

del sueño y la noche.


Eres la canción más triste y muda.


Eres el silencio que murmura.



16 mar. 2011

Vete

Bajo el hielo

te erguiste en pedestal de fuego,

calcinadora tú

del agua congelada.


Engulliste cuanto

de vacío corazón

reposaba

en mi pecho negro

de vapor y hierro.


Tardaste, te retrasas

en evaporarte y crecer

como algodón gris

en la niebla,

como el olvido y la sombra.

15 mar. 2011

Vacío

Ser nadie y parte

de la nada,

la búsqueda frágil

y el rumor

de la piedra.


Servir de sangre,

sacrificio a Dios si éste vive,

la asfixia,

el vacío,

la madera de sus llamas.


Tiempo de soledad

que el tiempo ralentiza,

como la savia callada

y la mecha de lágrima apagada

que grita.

14 mar. 2011

El coleccionista de colillas. Capítulo 3

¿Cómo soportaba el trasiego del tiempo el coleccionista después del trabajo y antes de salir a pinchar las colillas? Clasificando colillas, tirando colillas, indagando el porqué unas estaban más gastadas que otras, cavilando las historias que las llevaron al suelo. Semanalmente hacía limpieza. No las guardaba más que siete días. Con las excepciones de las procedentes de la maestra rubia y otros casos especiales. Las metía en urnas de plástico. Una urna grande contenía siete pequeñas cuadrículas. Los días estaban divididos con su letra inicial en el fondo de cada una. Comprobaba la evolución de las colillas conocidas, como por ejemplo las de la pareja combatiente. Había supuesto diferentes escenarios causales de las peleas. Las semanas en las que las colillas de ambos estaban más fumadas, pensaba que las peleas eran más graves. Si estaban fumadas a la mitad del tabaco significaba para él que su relación iba mejor, con menos ansiedad.

No se atenía a ningún estudio científico. Carecía de formación básica más allá de su educación escolar. La vida había sido su colegio mayor. Desde la perspectiva de lo que aprendió en el gran colegio, elaboraba su hipótesis: las colillas eran espejos del ánimo. La pareja formada por el hombre y la mujer combatientes nocturnos le valía como un grupo digno de experimentación para su teoría. Coincidía que, los días que los gritos eran más fuertes y nerviosos, las colillas estaban más que terminadas. No obstante, los días en los que no había gritos de discusión sino casi de risa y se juntaban contra la pared en abrazos y besos, los cigarros tirados estaban consumidos en menos de la mitad. El coleccionista se regocijaba por la demostración empírica de sus concepciones psicológicas.

13 mar. 2011

El coleccionista de colillas. Capítulo 2

Las jornadas laborales de ocho horas le dejaban extasiado de aburrimiento. De lunes a sábado. De siete de la mañana a tres de la tarde, ininterrumpidamente, vigilaba los alrededores de una urbanización de medio lujo; especialmente cuidaba de la pequeña mansión del declarado concejal corrupto del pueblo. Realizaba su trabajo en tres fases. En la primera dedicaba tres horas a escuchar la radio dentro del coche. La segunda fase se tumbaba en el asiento trasero durante otras tres horas. La tercera, aprovechando que la temperatura mejoraba, sacaba los pies fuera de la ventana dos horas. No tenía más compañeros vigilantes, y los jefes encargados sólo se pasaban por allí una vez al mes, el último lunes de cada uno. Tenía plena libertad para cumplir con las obligaciones de su empleo. Poca preocupación sufría cuando los huéspedes de la zona paseaban por la calle. No le interesaban las colillas que arrojaban esas personas, prefería las suyas, las de su barrio. Se prodigaba más en la vigilancia de su barrio que en la urbanización donde trabajaba.

Volvía a casa y volvía a la rutina de fases. Descongelaba la comida, la calentaba y la comía con un tenedor y un prismático ocupando sus manos. “Ella también forma parte de mi rutina” se decía observando a la maestra rubia, son su cigarrillo y su almuerzo echando humo. Dejaba el dinero bajo el servilletero. Llevaba mucho tiempo almorzando en el bar como para preguntarlo y el camarero tenía suficiente confianza en ella. Se iba sin decir adiós, con el bolso al hombro y una carpeta oscura. El coleccionista de colillas tenía cronometrado los tiempos. Tardaba en comer quince minutos. El cigarro lo encendía en el minuto dos. Lo terminaba en el minuto trece. Lo tiraba al suelo justo al fumarlo y lo pisaba durante un minuto bajo su tacón izquierdo. Con tranquilidad buscaba el dinero en el monedero, para lo cual dedicaba unos treinta segundos. Lo dejaba bajo el servilletero y se levantaba de la mesa. Treinta segundos más. ¿Y el último minuto? El minuto final escrutaba las ventanas por si veía al hombre que todos los mediodías le espiaba con los prismáticos. En el regreso a la escuela, el coleccionista pinchaba la colilla con la aguja y retornaba sobre sus pasos. Así completaba la primera fase en casa.