13 nov. 2011

La doble victoria de la muerte

Despertar y correr fue una misma acción. La voz de mi madre conteniendo las lágrimas me anunció la inevitable noticia. La abuela había muerto. Al igual que ella, sostuve mis lágrimas, sin evitar que algunas huyeran fugitivas de mis ojos. Fue en ese momento, en el que el cuerpo se reinicia tras el sueño rutinario de la tarde, cuando el hecho, mortalmente, hízome dar cuenta que algo más que una vida había terminado.

Prisas. Los tacones de mi madre acelerando por los pasillos de casa. Cierre y apertura de los armarios. Peines arriba y abajo. Rugido del motor.

Tía Lisa aguardaba dentro de su casa. Cayeron de inmediato sus lágrimas a nuestra llegada. Entre sollozos le abracé. Ella te quería mucho, más que a tu hermana, me dijo. Tío Francisco se resistió a caer en esa fuente de lágrimas, en un ejercicio de fuerza que jamás hube conocido. Le brillaron los ojos hasta el sepelio y hasta aquí alcanzan sus actos en esta historia. ¡Ya basta!, ¡ya está bien! Rogaban a tía Lisa desde todos los flancos de su rama genealógica. No creo que sufrir sea una opción, pensé. La abuela reposaba el eterno descanso en su cama. Una fina colcha blanca le ocultaba el cuerpo hasta la parte superior del busto. Vi el cadáver. Vi lo que era la muerte cara a cara. Pero no me era extraña, pues la imaginaba así: inanimada, pálida, gélida. Comprobé que el gesto de la abuela había desaparecido. La muerte arrebata hasta el rostro, pensé. ¿Sigue siendo el cadáver un ser humano? ¿Qué es en realidad un cadáver? Si la vida, sea lo que fuere ésta; sea lo que fuera de lo que nos dota, vuela del cuerpo cual paloma blanca, ¿es acaso el cadáver la cáscara sobrante de nuestra existencia?... “Polvo eres y en polvo te convertirás”, resonó la Biblia en mi cabeza.

Aparecieron los representantes del seguro de vida y el médico. Pésames protocolarios a la familia. Mi madre, por algún motivo, se enzarzó en una discusión sobre la Iglesia y el catolicismo con el agente que, impertérrito, tecleó en su ordenador la hora exacta de la defunción: las cinco y media. El doctor confirmó la muerte de la abuela en varias maniobras con el cadáver que prima Clara evitome ver. Ven conmigo, esto es mejor que no lo veas porque se te quedará en el recuerdo para siempre, me convenció tomándome del brazo hacia el salón, donde la gran parte de la familia se había reunido. En perspectiva, pasada la circunstancia, el consejo de prima Clara puedo considerarlo hoy como el mejor que podía asimilar, porque yo quería ver cómo el médico agitaba el cadáver como el que remueve la tierra que siembra; haciendo suya mi idea de la cáscara. Quizá ese recuerdo se hubiera injertado gravemente en mi memoria. Introdujeron a la abuela en el féretro. Llantos agudos de la tía Lisa chirriaban en toda la casa, sin que sus hermanas le pudieran consolar. El velatorio, el responso y la incineración fueron un trámite matemáticamente calculado por los representantes del seguro y del parque-cementerio que duró algo más de un día.

Heme aquí, un mes después, cuando retomo el valor de contarlo en estas letras. Madrugada lejana que es ahora, me asaltan las palabras y las imágenes de aquella luctuosa tarde del 12 de octubre. No tienen que ver con mi abuela éstas, sino con el señor de la corbata que rellenaba el certificado de defunción… Es una doble victoria de la muerte que, no satisfecha con quitarnos la vida, nos confunde y hace creer que su trabajo es una labor burocrática. Como si necesitáramos un papel sellado y firmado para hacernos saber que la abuela ya ha tenido su tiempo en el mundo y que nunca jamás volverá a estar entre nosotros.


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