1 ago. 2011

Interdimensional

Qué feliz soy. Voy a explotar de alegría. La fortuna me sonríe aquí y allá, en todo lo que hago y en lo que me dispongo a hacer. La fuerza de mis sonrisas rebota en las paredes, en los suelos y en las nubes. ¡Cómo me gustaría ser tú! Siempre tan armonioso, nutriendo de goce a quienes te acompañan. Me lo dicen todos mis amigos, sin envidias, pues esta felicidad no es envidiable sino admirable. Un lujo que, compartido, es aún más placentero. Diría que más digno, también bello y honesto, pues en mi felicidad comunico con todo lo tangible, y lo imperceptible me habla sutil, como el silencio de los gorriones. El mundo de mi felicidad me llena, rebosa todo. Soy el dueño de un elixir eternamente cuestionado. Cómo obtenerlo, cómo perderlo. ¿Es inmanente al ser o es sólo artificial? Tal vez sea dos cosas a la vez, porque puede que hayamos nacido con él y que el tiempo para unos lo haya convertido en camino, razón de vida y para otros en cuento de cigarras, hormigas y brujas para que al final todo sea una moraleja de lo que vivieron. ¡Qué me importa! No lo sé. Soy feliz y puedo demostrarlo, porque todo me sale bien. Las mujeres me saludan, los niños quieren jugar conmigo y siempre tengo cosas interesantes que hacer. Mi mente ocupada y el ego adscrito al amor de una princesa. Ella y yo hacemos el amor en la plenitud de los espíritus libres y nos quedamos dormidos juntos, con su mano en mi pecho y mis labios besando sus cabellos. Y mi nariz huele su piel y su presencia...

Hay quien dice que las mejores historias nunca ocurrieron, que fueron inventadas por personas que, en su búsqueda de la felicidad, imaginaron saltos interdimensionales para soñar realidades lejanas de sus realidades ingratas. Los hombres como yo somos los autores de esas historias. Porque no nos llena más que el sueño de creer en dimensiones paralelas. No tengo otro sueño que ser otra realidad distinta y no la que soy. Soy la representación de un vacío. Un espejo roto. La espina mayor de una zarza. Saltaría a la dimensión que antes escribí como cierta con los ojos vendados, pero no puedo porque no existe imaginación tan prodigiosa. Millones de clavos me impiden despegar de este espacio de cuatro paredes y puerta gigante.

Podría pedir ayuda pero eso es de cobardes. De inútiles cobardes. Porque siempre me dijeron que lo que ves es lo que hay y me quedo siempre sin palabras. Me dejan sin argumentos con la franqueza de la cruda realidad de las palabras y el testigo de los hechos. No puedes seguir así; estás perdiendo el tiempo; la vida está ahí fuera; parece que estás hibernando... Me acusan a la mínima ocasión y me recriminan que dejé de ser el que fui. ¿Quién fui?, ¿he cambiado tanto? respondo si no quedé paralizado. Sabes lo que tienes que hacer...¿Qué?pregunto yo. Se sorprende quien me aconseja. Espero paciente a que me explique lo que tengo que hacer, anhelante, pensando por qué ya me lo había dicho antes y por qué le ignoré. Y se me queda mirando, envenado de rabia, señalándome detrás del espejo: ¡Despierta!

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