1 mar. 2011

La virtud de los ciegos

No he dormido nada. Al menos así lo creo. Desde la persiana he comprobado cómo las luces de la noche y el día, y sus líneas proyectadas, suben y bajan por las paredes de mi habitación. He despertado y caído de los sueños de forma intermitente: el minuto de sueño precedía una hora de ojos abiertos. Los ojos en la oscuridad no tienen nada que hacer más que adaptarse; más que discernir una mota clara y diferente, pequeña y suficiente; para constatar que no bucean en el abismo. Mis ojos últimamente son más fuertes; han evolucionado antes que otros órganos. Si les ordeno que lloren no lo hacen. Son más poderosos que yo; han tomado el mando de mi vida. Forman un tándem de inteligencia emocional externo. Si ellos no lloran yo tampoco lo haré… les doy las gracias por estar por encima de mí. Yo, que me creía un romántico del siglo XIX; uno de esos hombres que impulsados por las circunstancias del amor y de la vida, lloraban sobre las cartas de amor que escribían; he vertido todas las lágrimas que mis ojos pudieron soportar hasta ahora.

Dormir a salpicaduras provoca diferentes estados de aversión. Me pasó pues esta noche que, conociendo las deficiencias de mis ojos, intenté conectarlos con el corazón. Busqué un carril exclusivo para esta conexión y ciertamente, lo encontré. Nos viene prefabricado: el corazón sufre lo que ven los ojos y los ojos lloran la congoja del corazón. Pensé si mi corazón había muerto o si quizá también había evolucionado al igual que mis ojos. En este punto concluí que sería afortunado de ser ciego. Los ciegos tienen que ser unos virtuosos de los sentimientos.

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