3 mar. 2011

Irina y José

Se sentó en la esquina de la cafetería, en la misma mesa en la que tantas otras mañanas de los últimos años se había sentado. Le esperó unos minutos leyendo el periódico sin prestarle atención. Ella estaba allí. Irina estaba al otro lado de la cafetería. Se levantó rápidamente para acercarse a ella y alejarse de ese islote de recuerdos. Ella le había visto y ya se aproximaba a encontrarle. Desde muchos metros atrás ya alzaba los brazos para abrazarle. Irina era así; abrazaba antes de tiempo, sin importarle la distancia que hubiera. Seguía conservando la sonrisa ágil de siempre, la que siempre usó desde que José le conocía y la que parecía que se le había quedado tatuada en la boca. En nadie cabía la duda de que jamás se difuminaría esa sonrisa. Abrazó a José por fin. Él le acarició levemente su vientre. Le encantaba hacerlo siempre que se saludaban. Hasta poco más del mediodía, José acompañó a Irina en diferentes tareas que tenía que hacer. Irina era de las pocas personas a las que José seguiría en cualquier circunstancia.

Hablaron de sus pasados fines de semana. ¡Cuán diferentes habían sido! Mientras el de Irina fue un recital de alegría, el de José no merecía la pena ser contado; por triste; por absurdo. Aún así Irina se preocupó del motivo de esa crudeza de José a la hora de relatarle su viernes, sábado y domingo. Era otra de las bondades de Irina: preocuparse por los demás. Ella no lo sabía, pero José se acordaba muchas veces de ella en las horas de biblioteca silenciosa y universidad extraña. Si Irina estaba cerca, José era feliz. Para José, Irina era un refugio contra las horas baldías. Después de cumplir con las obligaciones, fueron a una tienda de libros. Irina quería comprar uno. Justo al entrar cogió el que finalmente se llevó; sin más preguntas ni dudas que la breve lectura de un trozo de la sinopsis. Era una gran lectora. También escribía. José leía cada párrafo de sus letras. Casi se enfadaba cuando Irina dejaba de escribir. Pudieron conocerse mejor a través de los textos. José llegó a descubrir una vieja historia de Irina que ella intentó ocultar dando nombres falsos a los protagonistas de su relato. Puede que esa antigua historia fuera una llaga aún no cerrada. José la maldecía porque creía que, sin no se libraba de esa tenaza de la vida, Irina no terminaría de desplegar sus alas, tan amplias como sus sueños. Irina era una soñadora incombustible y por ello José le envidiaba… y le quería.

Quemaba el sol y ya ambos amigos debían irse. Irina le llevó hasta su casa en coche. José había perdido la cuenta de cuantas veces Irina había hecho esto. Se despidieron. –Adiós bonito. Solía decir esto a todos, y en esa ocasión también se lo dijo a José. –Adiós Irina. José se plantó en la acera, observando el coche de Irina abandonar la rotonda. –Adiós preciosa –dijo mientras Irina se alejaba por la carretera. En ese momento José le abrazó y le besó la mejilla. Sin importarle la distancia.

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