17 feb. 2011

Diario de un día

El reloj estaba programado para sonar a las 9:15 de la mañana. No dormí hasta que fueron las 7.30. Sonó el despertador a la hora prevista y lo apagué. Me levanté oficialmente a las 13:46 del mediodía. Antes me hubo despertado mi madre, como de costumbre los días libres, a las 12. Bombardeó mi cabeza con advertencias y quejas. Habló de un ultimátum. Si no hacía algo, pasaría algo también. La “m” de la sílaba final rebotó en mi cráneo, cual canica. Fue uno de esos días que, de antemano, sabes que no va a tener nada que merezca la pena el sacrificio de alzarse del lecho, aun esté el mismo sudado y desordenado tras un violento descanso y quedarse tumbado en él sea una parábola ejemplar de la pereza.

Ordenador. Prensa. Comer. Universidad. Vimos dos documentales en clase: uno sobre los inmigrantes sin papeles que quieren cruzar el estrecho. El otro versaba sobre la menstruación. Ambos eran buenos. Me gustó más el segundo. No era un documental a la usanza. Narraba las perspectivas sociales del ciclo menstrual, de sus motivos biológicos, de sus significados… y hasta desarrollaba una perspectiva poética: la mujer como fuente de vida, como ser misterioso. La mujer y la Luna como hermanas gemelas. Si por algo me gustó fue por ésto. Yo también concibo desde hace tiempo a la mujer como algo más que la mitad del género humano. Siempre he pensado que hay algo de magia en ellas: pueden ser tan cercanas y tan distantes; tan inteligentes como irracionales… Hay mujeres que huelen tan bien que siembran el olor de una forma tan arraigada que acabas soñando con él. Hay agricultoras que nunca conocerán hasta cuánto se puede extrañar su olor.

Casa. Necesité aire. Una Luna pálida me animó a salir. –Allá voy –le dije. Pedaleé con ahínco. Fue un paseo muy activo. También fue peligroso: tres personas se cruzaron cuando más aceleraba. No perdí el control de la bicicleta milagrosamente aunque pude en una de las veces regar de sangre el asfalto. Seguí adelante. Tomé la recta larga; mi favorita. ¿Podía ser el cielo negro y azul a la vez o era sólo una visión de las mías? No. Lo vi perfectamente. La Luna había ganado al Sol la batalla del brillo. El combate que libraban la gran roca y el inmenso diamante cayó del lado de la humilde piedra. Desde mi rincón predilecto de la playa contemplé ensimismado a la victoriosa Luna. Puede que exagere pero… aquel cielo era demasiado hermoso para ser 17 de febrero. No podía ser una coincidencia que, donde me senté, la Luna proyectara justo sobre mí su luz en el mar. Imaginé que estaba unido a ella en un ángulo recto.

Pedaleos. Retirada. Me asaltaron algunas dudas. Tenían un paralelismo con la Luna… ¿podría inventar un lenguaje que expresara con la máxima precisión, belleza y poesía los sentimientos? Manejo la idea desde hace unos meses de que las palabras se quedan pequeñas para manifestar las emociones humanas. ¿La palabra “suspiro” describe por completo la causa, la consecuencia y la naturaleza de esta conmoción? Mi lenguaje no se escribiría con las grafías occidentales. Pensé que tampoco las orientales servirían. Creo que no hay ninguna válida en este mundo para transcribir mi lenguaje. La comunicación entre las personas es muy limitada. Llegué a esta conclusión. Las palabras tienen una dimensión atómica cuando se trata de sentimientos. Atómico… Esta palabra hubo aparecido antes en mi mente, cuando me enfrentaba a la Luna. Sí, la pensé. Yo también soy un átomo del universo. También pensé en si podría explicar la existencia de Dios la onda creada por una lágrima de lluvia en un charco situado al borde de la carretera.

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