2 ene. 2011

La barba y los cadáveres de ojos

El desorden se amontonaba en cada esquina de la habitación. En los armarios permanecía una percha de la cual colgaba una chaqueta negra. El resto de la ropa se desparramaba en el fondo del mueble. Su pelo se expandía anárquico por toda la faz, revuelto, largo; anudándose en la boca; ensuciando la almohada. Despertó con una dura carraspera. Inhalaba motas de aire por su nariz atorada de mucosidad seca. Escupió una flema rojiza; una cuerda de líquida espesura que fue a parar en el colchón desnudo. Él se había quedado dormido justo en el momento en el que cayó compungido sobre el austero jergón. Expurgó el esputo entre sus dedos y lanzó lo que quedó prendado de sus manos sudorosas sobre la pared. Estaba helado de frío; era un témpano al que el calor de la fiebre había devuelto a la realidad del cuarto blanco, el armario destrozado, la silla vacía, la necrópolis de libros y el espejo rallado en el vértice izquierdo.

Incorporó el torso y, como si auscultara la cama, buscó el lugar donde había dejado la botella de ron. Estaba debajo. Hubo de reptar para cogerla. Bebió un trago, dichoso. –Agua fresca. Se levantó. Volvió a caer. Sus rodillas cedieron a un tambaleo descoordinado. Pasó un rato sentado en la cama, fijo la mirada en el armario. Como el custodio desconfiado de un maletín de diamantes, inspeccionó, sin mover un músculo, todo lo que había a su alrededor. Cuando el riego de la cabeza se dispersó mejor, alcanzó a reflejarse en el espejo. Quitó todas las enredaderas de su cara. Escupió otra vez. Entró en el servicio. Mientras orinaba permaneció enfrentado a sí mismo contra el espejo del baño, surtiendo las losas del veneno que expulsaba por el pene rugoso como un gusano.

Frigorífico vacío. Había alguna lata de cerveza abollada. La mugre crecía en cada rincón. Pisara donde pisara la porquería era ley en los seis metros cuadrados de cocina. Encendió el televisor. Encendió un cigarro. Tres mujeres presentaban el final de año. –Me follaré, una a una, a esas zorras –pensaba en voz alta. Con rabia, entre dientes, teatralizaba todo cuánto les haría: –A ti –posó su dedo en la cintura de la mujer de la izquierda– te comeré el coño y te morderé los pezones hasta que sean dos cerezas. Se agarró fuertemente los genitales y prosiguió: –A vosotras dos os reventaré el culo hasta que sangréis ¡putas! Atronaban sus risas en todas las paredes. Sorbo de ron. Como no tenía uvas para celebrar el nuevo año, bebió doce buches de aquel ron. –Vámonos –cogió la chaqueta y rompió la botella contra el espejo de la habitación.

Entró en la primera discoteca que le permitieron. El poco aforo que bailaba en aquella obligaba a los porteros a ser más condescendientes y educados que otras noches de bullicio. Pidió un ron cargado. Comprobó, entre el gentío, si había un lugar desde el que vislumbrar piernas, pechos y siluetas. Se situó por fin. Bebió pausados buches, pequeños como granos de arroz para conservar la copa mayor rato. No lo atisbó en un principio, pero en la columna que se erguía a escasa distancia de él, pendía un espejo; en los cuatro planos. La copa sostenía un retazo de ron. Ladeó la cabeza. Era él; no había nadie más que estuviera ladeando la cabeza frente al espejo. Paró. Estudió la figura que llegaba desde el cinturón hasta arriba. Pantalón vaquero desgastado, correa negra raída, camiseta blanca pringada, chaqueta negra con ron. La barba cubría casi todo su rostro. Tenía el pelo recogido en una coleta. De sus ojos descendían ocres ojeras. Sus ojos no eran ojos, eran cadáveres. –¿Quién soy? –palpó sus facciones. El vello se hundía entre las uñas. Resbaló, por el muro, hasta llegar al suelo. Algunos se alarmaron al verle encerrado entre sus brazos, implosionado. No escuchaba a nadie; ni a la música estallando. –¿Necesitas a… no terminó un muchacho de preguntarle cuando corrió a empujones a la salida.

Corrió tanto como pudo por la calle; tanto como sus piernas y el ron que corría por sus venas le dejaban. Cientos de personas vestidas con sus mejores galas para la fiesta siguieron sin inmutarse la carrera de vuelta a casa de aquel proscrito del siglo XXI.

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