5 ene. 2011

El canto subconsciente

¿Cuál es el origen del dolor?, ¿qué vínculo le anuda a la derrota?, ¿qué es la victoria? Entre la desesperación de los días tristes y sombríos, la mente cabalga en los filos que delimitan la conciencia y la locura. Graves obviedades ambas dentro de la mente de los hombres. ¿Quién hace que el caballo galope en una u otra percepción?, ¿qué le orienta?, ¿qué le mutila sus corredoras patas? Dicen que los hombres fuertes son aquellos que se levantan tras cada caída; aquellos que cicatrizan las llagas con el poder de la voluntad y la resignación ante la naturaleza de los acontecimientos de cada una de las vidas cruzadas. ¿Acaso son débiles aquellos que, acuchillados por los atroces sables de la existencia y por las cortantes rocas del acantilado del infortunio, decaen y palidecen porque la enajenación coartó los rastros de toda razón? Y no encontramos el culpable de los itinerarios, a la vez paralelos y lejanos, de la cordura y el abatimiento; de la resistencia razonable y la paranoia tormentosa.

Meditaba constantemente. En mi pequeña alcoba me retraía conmigo mismo contra la puerta cerrada. Con brío, quebraba los cerrojos que guardaban los pilares de mi subconsciente. En éste me introducía como el lobo en una madriguera de conejos que, reaccionando ante la fiera, muerden y combaten hasta que la sangre deja de suministrarles el aliento. Amaneceres y ocasos vi discurrir durante mis obsesivas reflexiones interiores. Era uno de aquellos que olvidaban la comida, el aseo, la brisa de la ciudad, cuando me encerraba entre las cuatro paredes grises. Tras todas mis inclusiones subconscientes, anotaba los procesos que me habían llevado a ese estado de parálisis corpórea y frenesí mental. Después de uno de esos viajes, tomé la recia decisión de recopilar todos mis escritos en un único documento; un libro que recogería las crónicas de las expediciones hacia los bordes de mi alma. Oscuridad y luz se sucedieron hasta que por fin piqué con la pluma, sobre el papel, el punto último de todos.

El día de la presentación de la obra de mi pensamiento ulterior, los cirros brillaban como el sol. Al comienzo del día, con los dedos rosados de la aurora negando, soberbios, el nacimiento del celeste, caí en la cuenta de que no dormí. Había permanecido en pie contemplando la noche, con soberana paciencia en la ventana. Acicalé cuanto pude mi presencia y busqué el buen estilo que me otorgara el don de la credibilidad. Afiné la voz para llegar a más oídos; me obligué a expresar con elocuencia. Se abrió la puerta. El salón tenía el aforo completo. Señores y señoras de las grandes familias se habían reunido en el lujoso hotel. El más caro de la ciudad. Los reporteros se colocaban los lápices en la chaqueta y preparaban sus libretas para extraer la noticia. El editor se sentó a mi lado, en la mesa cubierta por un mantón de seda roja. Una botella de agua de cristal y dos copas sobre ésta. Callé al editor cuando éste se prestaba a iniciar el discurso. Hablé sólo yo. Torció el gesto aturdido. –Buenas tardes venerables damas y caballeros. Es un honor para mí contemplar desde esta posición privilegiada, vuestras privilegiadas presencias. No soy muy dado a palabras; quiero decir; prefiero hablar conmigo mismo, pues no requiero de mi voz exterior sino de la única que necesito: mi conciencia, con la que me comunico, con la que mantengo incesante interlocución desde que los principios de la inteligencia brotaron en mí. Una curiosidad inusitada se difundió entre todos los asistentes, boquiabiertos y atentos. –Este no es un libro de nadie. Este libro no dice nada acerca de ninguno de los que estáis aquí. Tampoco habla de nadie de fuera. Realmente no habla de ningún ser humano. Este libro es el libro de todos y de ninguno. Este libro no dice nada de mí. Yo, simplemente, soy un escriba que, asustado por el que dicta, resopla cuando termina el párrafo. La obra que sostengo entre mis manos es una obra inconsciente. Es el relato de miles de pernoctaciones en las brumas de mi subconsciente, y porque el subconsciente es mano que nos une y montaña que nos distancia, esta es la crónica de nuestra común posesión espectral. Créanme… He recorrido territorios insondables; he caminado sobre pantanos; he jugado al ajedrez con monstruos de mil tentáculos y me he tirado desde precipicios de dudas. Y… ¿sabéis a quién me he encontrado?, ¿queréis saber quién se escondía detrás de cada árbol?, ¿en verdad queréis conocer quién había al otro lado? Perplejos, anonadados, todos me observaban. –Me encontré a mí mismo. Yo estaba detrás de cada árbol. Yo estaba al otro lado. Sólo yo. De súbito, las risas y los ecos de las risas tocaban todas las estancias de la sala. Con el índice me señalaron y rieron. Me tiraban papeles, me lanzaban otros objetos. Recogían sus sombreros y abrigos. Grité y peleé en el pasillo entre los las dos columnas de asientos. –¡¿Qué os ocurre?!, ¡¿qué tanta gracia os induce?! ¡Oh!, ¡cuánto miedo os rebosa en las sienes! Perdí el juicio. Descargué todo lo que cogía contra todo y todos. –¡Insensatos!, ¡mezquinos!... ¡¡¡Vivís en la mentira pues no conocéis nada de vosotros mismos!!! Las cortinas de la tiniebla me trasladaron a otro lugar…

Dos hombres me apresaban. Pataleé nervioso exigiéndoles que me liberaran, mas no pude. A mi alrededor varias personas se llevaban las manos a la cabeza. –¿Dónde estoy? ¡¿Qué es esto?! Estaba en una pequeña librería. –¿Dónde está mi libro? ¡Devuélvanmelo! Un sencillo pupitre se situaba en el centro la estancia. Había destrozado los cristales del escaparate y derrumbado estanterías. Mis gafas se habían partido. Puede ver mis ropajes; todos estaban desgajados. En el pupitre estaba mi cuaderno. Lo reconocí. Conseguí soltarme de ambos hombres y llegué al cuaderno, aplacado. –Mi subconsciente. Mi obra. Yo. Entreabrí la tapa. Pasé las páginas, ansioso. En todas las hojas estaba escrito, con tinta negra, ocupando la completa extensión de cada página, en diferentes y tenebrosas posiciones y grafías, aquel nombre que siempre oía, como canto fantasmal, en todas mis incursiones en la bóveda del espíritu: Berenice.

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