21 nov. 2010

Tres palabras

Leía para conciliar el sueño, para atraerlo a mí ya que tanto lo ansiaba. Recostado sobre la cama apoyaba la espalda con el cabezal y leía con el libro entre las piernas articuladas y el abdomen. El teléfono sonó: mensaje recibido.

–¿Qué pasa?– musité… La literatura cayó con cada letra impresa en el libro. La tinta emborronó las páginas tiñendo de negro la superficie de su líquido recorrido. –No hay historia. Ha desaparecido. Voló. No hay historia contenida en seiscientas o mil o un millón de páginas que pueda conmover mi oxidada armazón si sólo tres palabras cavan tan hondo mi corazón–respiré.

–Me ha nombrado, acordóse de mí y describióme quién soy yo para ella. ¡Calma, calma! No, no ha lugar a la contemplación, al pensamiento, al suspiro reflexivo. ¡El amor golpea y no lo hace dos veces! ¡levántate! – me exigí. – ¿Qué hacer? ¿qué sentir? ¿qué es esto? ¿por qué le añoro? ¿por qué quiero abrazarle? ¿por qué necesito estar con ella? ¿por qué soy feliz sufriendo si todo esto es una farsa, una proeza inalcanzable, un deseo imposible?... ¿Sentirá algo por mí? ¿ha nacido en ella un sentimiento similar? –. Moría levemente al compás de los interrogantes. Encendía y apagaba la pantalla del aparato para comprobar la certeza del mensaje, de que había llegado, de que yo era el destinatario.

Me rasqué con saña la frente a través de unos dedos encarnizados de tensión. Me dolía el silencio atronador de la habitación. Y repetí; repetí la frase; las tres palabras que hicieron parecer que la vida merecía ser vivida; con ella para siempre: “Mi pequeño Koke”.

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