27 nov. 2010

Ensoñación

Finalizó el turno de cocina. Toda la comida que había fue puesta sobre la mesa de los comensales y ya era tiempo de limpieza. La columna vertebral clamaba por el descanso al par de horas de ajetreo culinario: ingredientes acá, allá; horno en ebullición permanente; cubiertos por doquier… Me sostuve en la encimera, resguardando la nuca ante el peligro de otro golpe despistado con la cabeza en la esquina de uno de los armarios.

–Si quieres puedes ir a sentarte al salón con los demás. Yo me quedaré aquí esperando a que salga nuestra pizza– le dije. Había preparado una comida especial para nosotros dos. Lo teníamos pactado; se lo había prometido algunos días antes: –Haré algo sólo para ti y para mí –avisada pues estaba. –No, tranquilo. Me quedo aquí– respondió con su español dulcemente afrancesado. Quedóse a mi lado, en la pila, lavando los platos sucios. Sonreí agradecido su amable complicidad.

Mientras limpiaba le observé. Sin apenas destreza, con parsimonia, frotaba los platos y los colocaba en la parte del fregadero dedicada a las recién enjabonadas piezas usadas de la vajilla y la cubertería. Llevaba una camiseta blanca de tirantes y un sencillo vaquero. Con descaro le contemplaba la figura y con desazón me arrepentía al instante de tan mal educado atrevimiento cobarde. Y volví a fantasear con bailar junto a ella como aquella noche en las tinieblas del tugurio; y perdí la conciencia de mí mismo; y volé por dentro; y le confesé en el ensueño:

Orbitar sobre cada perfil de tu silueta,
recorrer sin tocarte las líneas de tu cuerpo,
aspirar de tu aliento,
dormir en tu vientre...
Yo quiero.

Y al desenlace de la noche, poco antes de marcharme, apodamos a nuestro pequeño compromiso uniendo el principio de mi nombre y el final del suyo.

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