1 dic. 2010

La despedida del no amor

Lluvia. Grises nubes en el cielo. La noche apaciguaba en su oscura alcoba lo que parecían restos de un inmenso incendio. Sobre toda la extensión nocturna el gris regentaba autoritario el lienzo de las estrellas. Me asomé a la ventana por última vez aquella madrugada, antes de marcharme. –Es bastante tarde. ¿Cómo vuelves a casa? –me cuestionó Elena con la cara bañada en las voluntades del sueño. –A pie, como siempre –le expliqué. Me despedí de ella y de María; también agotada. Ella también se despidió, entre afectuosos abrazos, de Elena y María.

Encendí la luz y comenzamos a bajar las torcidas escaleras del piso. El miedo y la prudencia eran obligatorios para descender unos peldaños sospechosamente inclinados, protegidos de una áspera barandilla de metal. Las huellas eran tan ridículas que los pies pisaban más el voladizo; éste sí muy grande y pronunciado. Había alguna correspondencia desparramada por uno de los descansillos. Descendí delante de ella.

Planta baja, fin del riesgo. Pulsé otro interruptor para no tropezar entre las baldosas desadheridas. Abrí el portal principal. El gris sigue impoluto. Salimos a la calle. –¿Por dónde vuelves a casa?– me preguntó al comenzar a caminar, señalándome con dudas el para ella desconocido itinerario de mi regreso. –Voy a acompañarte, no te preocupes. Arrecia levemente. Nos abrigamos mejor. Ella se puso la capucha. Caminamos por una acera empapada de barro y en algunas ocasiones nos vimos obligados a pisar el asfalto de la calzada. El mal estado de la vía nos impidió hablar.

Se detuvo en la esquina, al lado del quiosco. –Bueno, gracias por venir hasta aquí –me agradeció. –No te preocupes –repetí. Le tomé por el cuello, ella a mí por el brazo y nos dimos los dos últimos besos… En los límites de las mejillas, en la comisura de los labios, en el horizonte de la pasión, en la muralla que separa el amor de la amistad; nos besamos. Cuánta es la distancia que parte en dos el cariño que masculla de amor de la hoguera de las lenguas de fuego. Fallecí de rabia controlada ante sus ojos y su limpia faz de ángel. Un mechón de pelo mojado le caía, hermoso, en la frente parcialmente cubierta. –Estamos al lado. Iré contigo hasta el final. Fui con ella hasta alcanzar su casa, de puerta enrejada. –Hasta aquí. Esbocé una sonrisa y ella correspondió: –Sí, gracias. Adiós. Le pellizqué la nariz y ella me cogió con sus manos la diestra. Retrocedí un poco; ella también. Nuestras manos aún no se habían separado. Con dulzura, lánguidamente; el tiempo se precipitó… Las yemas de nuestros dedos se tocaron por última vez.

–Vuélvete. No cruces esa puerta. Regresa a mí –recé en silencio antes de que ella desapareciera sin mirar atrás. Yo caminé en sentido contrario, sin dejar de visualizar las rejas del portón por si pudiera ella aparecer. No lo hizo. Doblé la esquina y retomé el sentido natural del andar. Las gotas me azotaron la cabeza durante todo el retorno.

Qué ínfimo era el espacio entre la comisura y sus labios. Y qué infinito.

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