7 jul. 2011

El portal del morir

Cuida de las sillas, de su ubicación, de quién las cambia de sitio, de quién las devuelve. Su labor no remunerada, altruista pero con humos de cascarrabias es ésta. Pasea alterado por los pasillos y el jardín de la residencia acechando las sillas. Parece no ser consciente de cuánto tiempo lleva vagando por aquí. Su noción, cualquiera que fuera, se perdió entre tanta ronda de guardia. Encoleriza a menudo cuando encuentra una silla extraviada. Las familias que visitan a sus ancianos ríen a sus espaldas cuando le escuchan farfullar, furioso, porque le 'robaron' una de sus valiosas posesiones, su razón de ser para lo que le queda. Puede que una anterior obstinación le haya traído hasta la residencia, exhausta su gente de admitirle manías y quejas, vigilancias y rabias. Hay que estar atento por si pudiera acercarse, tarea complicada pues desde dentro de una habitación sólo se oyen los pasos de los ancianos y éstos casi ni se distinguen unos de otros. Arrastrados, lentos, tímidos, terminales...

Las conversaciones en presencia de los ancianos distraen la crudeza de lo que realmente ocurre. Pareciera que se niegan a admitir que no hay más por lo que luchar. Una espera respetuosa y un final conocido. Por mucho que la enferma busque su bolso, se lo cuelgue y pida volver a casa rápido porque se hace tarde, no hay futuro después de la cama en la que le tumbarán. Aunque por cómo le tratan parezca una niña pequeña cansada de haber vivido. Ella no se rinde, la abuela, no. Ni en el portal del morir. Se levanta aún con las piernas vendadas, con ayuda, pero se alza. Cuando comprende que no puede moverse cae de nuevo. Lo intentará en breve otra vez. Y si pregunta por su marido, se avergüenza cuando recuerda, hostigada por sus hijas, que murió hace cuarenta y tres años.

Ha sobrevivido a grandes penurias y nadie de la familia apuesta por su recuperación. Ella sí tiene fe, aunque luego se le olvide.

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