9 feb. 2011

La insólita pareja

No pude esquivarle, aunque fuera fácil ignorarle como ínfimo insecto que se mueve inocente por el suelo. Desconozco por qué no seguí mi camino como cada día, mirando al frente olvidándome de mi vida. No ceso de repetirme esta pregunta desde que nos encontráramos.

Intenté recogerle con la mano, no pudo ser. Se resistía a mis dedos gigantes cada vez que le intentaba asir por su diminuta coraza roja. No quería quedar apresado. Hasta el insecto sabe que la libertad es irrechazable sea quien sea el que te la quiere robar.

No. Tenía que luchar contra su osada afrenta. No dejaría que escapara de mis manos y no lo hizo. Varias veces tuve que ofrecerle el blanco papel hasta que escalara sobre él. Le gustaba más el papel que mis dedos. Subió sobre la alba superficie, cediendo tímidamente sus ínfimas patas.

Cayó varias veces con estrépito desde la distancia que separaba mis ojos del suelo. Temí romper aquella obra ingeniosa de la naturaleza. No le sucedió nada tras los fortuitos golpes. Su caparazón no sufrió hendiduras, desgarros ni cortes. Tal es así que sólo mostraba alguna manchita en el rojo y punteado cubrimiento.

Le conduje inspeccionando sus movimientos sobre el papel. Tenía muchas dudas sobre qué hacer con él: ¿Le devolvería entre los paisajes floreados donde había sobrevivido o le condenaría a cruzar el Puente, de azuladas barreras? Determiné seguir, vendría conmigo con todas las consecuencias. Cuanto más nos acercábamos a ese Puente más temía que huyera… Le sugestioné con mis ideas. Justo cuando me disponía a ascender las escaleras que conducían al Puente, alzó sus alas y voló. Planeó ligeros segundos sobre mi cabeza, como si se estuviera despidiendo.

Lo último que vi fue un punto como los dibujados en su osamenta rojiza disparándose hacia el cielo y confundiéndose con las nubes.

Me abandonó. Quedé paralizado oteando el espacio alrededor. Comprobando el abandonado dedo índice en el que antes se había postrado, y donde le oculté de las posibles miradas irrisorias que la gente que andaba por allí infligiría sobre la insólita pareja que formábamos. Fui muriendo lentamente por el camino del Puente, desde el que se divisa mi hogar. El caminar se hizo eterno con mis lánguidos pasos. ¿Dónde estará?, ¿habrá encontrado la flor más hermosa del lugar o me estaría buscando arrepentido?

Él era igual que todas las mujeres que he besado.

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