9 dic. 2010

Los infiernos

–Para ti. ¡Brinda conmigo!–. Le guiñó el ojo como último ataque de seducción. Ella alzó su mano y él le ofreció la copa con dos dedos de vodka. Chasquearon los cristales en el centro del salón, en el centro de la apacible velada tornada en caverna de risas y susurros. Ella se encontraba incrustada en el interior de una multitud de cinco personas y él no interrumpió la situación. Se alejó tras el último brindis. Los recuerdos con ella esa noche aquí se desvanecieron…

El infierno se cerró sobre su cabeza. La espesura, el temblor decadente de su boca, la fuente de sus tripas, el frío colapsaron sus fuerzas en el sofá. El infierno le quemaba las sienes y le retenía en su posición deplorable. El infierno se apoderó del tiempo. Gemidos en la habitación; dos cuerpos se gozaban. –¿Es ella? Es ella. Qué estúpida duda –indagó consigo mismo. Cual castigo gritó en silencio. Cual penitencia, gritó callado hasta sangrar la garganta. La cólera roja cayó fluida en el suelo de parqué. Rindióse con estrépito a la embriaguez sobre toda la sangre que emanó la furia. Durmió embadurnado en ella, agazapado; implorando morir.

Despertó con los miembros aún adormecidos, entre coágulos secos en la ropa. Cuando se recompuso volvió a escuchar los ruidos que llegaban desde el cuarto… Amagó con abrir la puerta y renovar la tortura. Se resignó. Tomó el pomo de la salida y se fue, observando aún la puerta que clausuraba el placer de ella con otro.

El verdadero infierno vivía en la habitación de aquel piso; el más desolador penetraba todavía en ella mientras el cielo rosado se imponía sobre el negro.

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