25 dic. 2010

Las noches buenas

Se cerraron todas las puertas; señal de que la cena podía comenzar. Cada uno se sentó en su respectivo asiento. Todos tenían bordados en oro las iniciales de sus nombres. Los acordes del piano resonaban el primer pentagrama de una obra de Chopin. Cuatro verticales cuadros de los cuatro valerosos personajes de la familia Abades de Letanía presidían las paredes del barroco salón comedor del castillo: Doña Clotilda y Don Eustaquio, los duques; Priscila y Ferlosio, los hijos herederos. Doña Clotilda hizo ademán de levantar el cetro, de orla ambarizada, cuando uno de los cuatro sirvientes ya se postraba, esclavo, al lado de la noble oreja de la Señora. –No dejes que mi copa se vacíe. Obediente, el servil mayordomo retuvo toda la noche las botellas de vino francés entre sus manos para cuando fueran requeridas. El fuego de la chimenea del siglo XVI vencía el frío del castillo y dotaba de un calor sobrante las pieles de toda la familia reunida; ataviada toda ella con las vestiduras largas de las épocas de la gloria excelsa. –Brindemos mi amor, brindemos hijos míos –propuso altivo y elegante Don Eustaquio– porque la avaricia nunca rompa el saco. Ceremoniosamente bebieron todos el néctar de sus copas. Las velas de la araña del techo no habían derretido una gota de cera.

–¿A qué viene ahora esa discusión? –le recriminó Ana a su hermana Teresa. –¿Qué me dices a mí? La cuñada de ambas había llamado al teléfono para reprender el comportamiento de Teresa con Miguelito; el hijo de una y sobrino de las otras. Como clamando a los cielos, agitando ambos brazos, Ana lamentó la actitud de la conflictiva Teresa: –Si sabes que Miguelito es un chivato ¿para qué dices nada delante de él? –Yo no dije nada. ¡Menudo sinvergüenza! Habrá ido tergiversando mis palabras. El belén reposaba sobre papel de aluminio, encima del mueble de los licores. Las figuritas del bazar marroquí: José, María, El Niño, Los Reyes Magos y los camellos. En la televisión, Darío y Marta seguían, aburridos, el espectáculo somnífero de unos bailarines con neoprenos de buzo. La abuela Serafina, con su bata beige, sus arrugas y su áspera respiración, apoltronaba toda su dilatada voluptuosidad centenaria en el sofá desde que vio la luz por la ventana. –Ésta es una hija de puta –le explicó a Darío señalando la dirección en la que Ana y Teresa disponían la ensalada y algunos aperitivos. No había plato especial para esa noche. Otra pelea más en casa de los Téllez en Nochebuena. No perdonaban ninguna.

Pedrito y Susanita brillaban de alegría cuando Papá Noel llegó por fin a la octava planta. Le abrazaron fuertemente y le besaron con todo el cariño que supieron ofrecer. Gritaron emocionados y corrieron mucho para romper, con vehemencia inocente, los regalos recibidos. Plastilinas para Pedrito, muñeca para Susanita. Los padres se afanaban en grabar la felicidad de los niños estrenando juegos. Gran parte de la familia, entre primos y hermanos, se congregaron en la salita para atestiguar sus dulces sonrisas. –Luisito no puede levantarse. Está frito –comentó tía Adela, que se había acercado a la cama donde el pequeño dormía para anunciarle la venida de Papá Noel. Le habló bajito. Le quitó la manta. No hubo manera. Los padres de Pedrito le habían prohibido abrir el regalo de su hermano Luisito; contra su perseverancia para conseguirlo. –Adiós Lola –le dijo tía Claudia a la disfrada Papá Noel que marchaba para cumplir más ilusiones. Todos los que conocían tal evidencia rieron a carcajadas. Susanita y Pedrito fabricaban hamburguesas con todos los colores de la plastilina, sin percatarse de la verdad que les sería revelada años más tarde.

Recogió el cartón del suelo. Un fino charco había humedecido la superficie del brik de vino. Llovía en la calle y el agua también llegó a la escalera resguardada por el tejado de la oficina bancaria. Sustrajo el vino por fe. Varios lucharon para agarrarlo del contenedor de basura. Huyó tras patadas y amenazas de los compañeros indigentes. –Buena cosecha. Excelente sin duda. Manjar de ricos y anhelo de pobres. Elixir liberador de mentes –hablaba en voz alta, sosteniendo la caja. Una manta de cuadros rojos le cubría desde hacía no sabía cuantos años. Decenas de rasgaduras poblaban la tela. Tumbado bajo su cobijo tocaba a su fiel amiga. Sufría un dolor en la costilla a causa de la guerra por sobrevivir. –Mañana cambiaré esta basura de cartones si no quiero descansar sobre cemento. Buscó algo en el bolsillo del pantalón de licra. No halló sin embargo la fotografía; su única fotografía. Se resignó a lamentarse. Levantó el brik y brindó a la salud de su amiga, a la que seguía acariciando. –Feliz Navidad Nina. La perra elevó la ceja y puso el hocico en el muslo destapado.

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