13 ago. 2012

Yo

Me he levantado contra mi propia voluntad. Nadie me ha empujado, ha sido el Yo que se resiste, con débiles latidos, a postergar la extrema dejadez del Yo de carne. Ese Yo tan pequeño que desfallece es la causa que me ha traído aquí ante las teclas. Heme pues, sentado frente a una página nueva con el miedo de seguir siendo el mismo estúpido hombre que escribe a horas intempestivas. Mi Yo rebelde me dice que soy un valiente: zafia mentira. El Yo de carne ríe con el olor que la masturbación dejó hace poco rato.

Ya que hice el esfuerzo, dejemos los yoes.

Fue un once de marzo cualquiera cuando recibí este mensaje desde el anonimato: “Te quiero”. Sorprendido, fijé mis esfuerzos en encontrar al emisor. Tenía la respuesta con su número de teléfono y contesté con otro mensaje: “¿Quién eres?”. Nada. Han pasado los meses. La búsqueda se desvaneció hace bastante tiempo. Pude resolver el misterio con una llamada pero lo dejé correr, pues mi vida es tan aburrida que pensé que no me vendría mal algo novelesco. Fue Caitlin la emisora de ese mensaje. La tecnología lo ha resuelto. Su teléfono va asociado a una fotografía y cuando la vi, la verdad habló. No he contrastado los hechos pero la navaja de Ockham está ahí como un dogma para los detectives, para los científicos… Para mí. Caitlin debió enviar erróneamente tal mensaje en un despiste milimétrico. Su novio se llama igual que yo.

La historia vuelve para recordarme que los tequiero son reacios a llegar a mí. Admito la derrota, ¡oh! Pulsadora del Tiempo… pero fue interesante alimentar la fantasía. Ante tal grave ausencia de sus vaivenes en mi vida, el suspense llegó a otorgarme cierto divertimento. Soy un notable engreído en cuanto a lo que creo conocer, así es que, con mis supuestas habilidades leyendo las palabras que susurran debajo de las voces, busqué significados entre todos aquellos que me han rodeado. Creyéndome astuto, interpreté sentimientos a partir de cómo gestualizaban. Lo de considerarme superior en inteligencia no es algo nuevo en mí, aunque este delirio se ha acentuado gravemente. He conocido a inteligentes y a necios. Los inteligentes de verdad pueden ser felices, los necios quieren ser como los inteligentes (Ockham creo yo). ¿Dónde pues si no me hallo, que de la mano de la necedad al creerme audaz? ¿Quién soy si no un paralítico que encuentra en la espera durmiente una causa para no arrancarme el corazón?

Lo que tengo de inteligente, de verdad, lo dedico a observar los delitos del mundo de hoy. De mis múltiples yoes, el inteligente se aflige ante el puño siempre en alza de la verdad. “Somos esclavos”, me dice. Busco en mi mente el yo que me ofrezca alguna salida a la esclavitud del sistema, a las cadenas de mi ser. Si leéis con anterioridad a la página de hoy, siempre ando buscando. Este es el Yo autocrítico.

Todo es combate en esta tarea de la vida. El Yo de carne y el Yo que se resiste; el Yo que no quiere abandonar el lecho donde duerme sin horas y el Yo que escribe a veces del amor.

El Yo que busca un te quiero real es el que escribe en este mismo momento. Los necios tienen especial vocación por la fantasía.

2 comentarios:

  1. Te quedo muy bien este YO, ese que no es ni estúpido ni necio, sino que nos encuentra maravillosamente complejos y por ello interesantes... ese que de verdad nos quiere.

    Un saludo,

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  2. Hola, gracias por tu comentario en mi blog.
    Un abrazo anárquico!!!

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