9 ene. 2011

El único consejo

Por la depresión profunda que me es innata; por la necesidad inherente que fustiga el alrededor que sopeso; por los dolores caústicos de mis sombras interiores, decidí acudir al prestidigitador. Requería del consejo de aquel mago para solventar el veneno de la abrasiva duda que correteaba en mí cual rata en un barco de remeros moribundos. Tanto pesar; tanta impotencia; tanto odio albergaba que fui a buscar su recomendación.

Desplacé las tiras de tela de la puerta y allí estaba, sometido a una luz que levitaba, a oscuras. Sedente. Callé. Genuflexión. Supliqué la pócima reina de todas las pócimas. –¡Silencio! –gritó. Problemas de amor; angustias de amor; amor imposible; amor frustrado; amor inútil; amor equivocado… Sé que llegas aquí para que ponga fin a estos males acuciantes. Ni he de explorar la bola mágica para adivinar cuáles sufrimientos te copan y te vacían. –Señor: ¿cómo lo sabes? –pregunté. –Si tales poderes posees, también entre tales poderes poseerás el que me libere de este monstruo. –No puedo ayudarte. –¿No? ¿Tú que dicen sabes todo y todo manejas?, ¿eres en realidad un engaño? –No te engaño; no te puedo aliviar ese mal. No hay médico; no hay mago; no hay otro visionario al que acogerte hombre, tú que padeces. Nadie; nada hay.

Recuperé los pasos y salí… Hay un único remedio que no es pócima ni hechizo –dijo. Esperé. –¡Cuál! –Seguir tu vida. Guardarlo todo. Esconder todo y que nadie especule sobre qué te sucede. Que nadie te conozca: no reveles tu ser al mundo; no sientas. Ignora todo. Haz el amor con todas las mujeres que insinúen y no ames a ninguna. Jamás ames a ninguna. El amor no te hace ningún bien. Y tú lo sabes.

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